A FOJA CERO: QUÉ IMPLICA EL DESMANTELAMIENTO DEL PLAN DE ENERGÍA LIMPIA DE OBAMA

“…Y no hay ningún desafío que presente una amenaza mayor a las generaciones futuras que el cambio climático…Y es por eso que no dejaremos que este Congreso ponga en peligro la salud de nuestros niños y nos haga retroceder al revertir nuestros esfuerzos. Estoy decidido a garantizar que el liderazgo estadounidense impulse las acciones a nivel internacional”. Barack Obama, discurso del estado de la Unión del año 2015. 

Por María Eugenia Testa

Finalmente, y luego de reiteradas amenazas, el presidente de los Estados Unidos de Norte América, Donald Trump, firmó la orden ejecutiva para desmantelar el Plan de Energía Limpia (Clean Power Plan) lanzado por su antecesor Barack Obama en 2014.

El Plan de Energía Limpia proporcionaba a los Estados herramientas para reducir la emisión de dióxido de carbono (CO2)de las plantas de carbón en un 32 por ciento respecto de los niveles de 2005 para 2030, a través de diferentes medidas. Esta acción tiene inevitables consecuencias globales, y no sólo por los impactos en el clima, sino porque además echa por tierra la estrategia de Obama de poner a los Estados Unidos a liderar el proceso global iniciado ya antes de la rúbrica del Acuerdo de París.

En esta última línea, y a poco más de un mes de la 20º Conferencia de las Partes sobre Cambio Climático de Naciones Unidas (ONU) –COP 20- de 2014, los dos mayores emisores de gases de efecto invernadero (GEI) del planeta, Estados Unidos y China, acordaron un plan de reducción de sus emisiones a 2030[1]. Este acuerdo, por fuera de las negociaciones multilaterales en el seno de la ONU y anunciado un año antes de la Cumbre de París (COP21), representó un paso más que significativo, ya que ambos países suman alrededor del 40% de las emisiones globales y ninguno de los dos estuvo alcanzado por Kioto[2].

Hasta hoy, el liderazgo de Estados Unidos en el debate internacional sobre cambio climático ha sido errático. Después de haberse firmado el Protocolo de Kioto durante la administración de Bill Clinton, que jamás fue ratificado por el Congreso estadounidense, vino un período de aislacionismo, renuente a la diplomacia ambiental en la era de George W. Bush. Más tarde, a partir del inicio del mandato de Barack Obama, otras serían las reglas: volver a jugar internacionalmente.

Pero Obama debió definir primero la estrategia nacional y sus límites, teniendo en cuenta las exigencias de los poderes constitucionales y fácticos de la Unión Americana que ya habían probado no ser fáciles en esta materia.

Así, las medidas del gobierno de Estados Unidos en virtud de llegar a un acuerdo global de disminución de las emisiones GEI fueron adoptadas unilateralmente, en el marco de un acuerdo bilateral con China y sin la cooperación del Congreso.

Después de que la Cumbre de Copenhague de 2009 (COP13) estuviera a punto de terminar en un rotundo fracaso (momento en el que se llegó al mayor escepticismo y pérdida de confianza en las negociaciones internacionales), el acuerdo promovido por el presidente norteamericano con las autoridades chinas lograría mantener a flote la continuidad de la cumbre. Allí, Washington y Pekín empezaron a trabajar el acuerdo anunciado en noviembre de 2014 y presentado en 2015.

Luego de Copenhague, Estados Unidos continuó con su determinación de definir por sí solo sus límites y aspiraciones, a pesar de las críticas sobre su unilateralismo y la manera en que pretendía asumir su responsabilidad como uno de los dos países más contaminante. Pero el avance en la determinación unilateral de fijar sus propios límites permitió, paradójicamente, mantener a flote las esperanzas para alcanzar un nuevo pacto global: el Acuerdo de París.

Es cierto que los compromisos unilaterales asumidos por Estados Unidos por un lado, y mediante un acuerdo bilateral con China por otro, son insuficientes. Pero es claro que ningún acuerdo global podría llevarse adelante sin la rúbrica de Estados Unidos (y China), y que todo tratado futuro necesita tenerlo con los pies adentro. De una forma u otra eso es lo que había conseguido Obama.

En primer lugar, el acuerdo de Estados Unidos con China puede leerse en virtud de los intentos del gobierno de liderar las negociaciones a su manera y salirse de los reclamos y exigencias que puedieran recaer sobre el país si hubiera librado su compromiso nacional a las discusiones en el seno de la ONU (lo mismo ocurre en el caso de China). El internacionalismo de los Estados Unidos en materia de cambio climático estuvo atado estratégicamente a su unilateralismo.

En segundo lugar y a nivel local, el incorporar a China en un acuerdo global y mantenerla a línea con las negociaciones permitió avanzar al gobierno de Barack Obama en la regulación climática interna, resistida por los republicanos, al eliminar la excusa histórica que llevó a rechazar el Protocolo de Kioto por la falta de obligación de los países en desarrollo para reducir sus emisiones. Hablamos especialmente de China.

En resumen, la reincorporación de Estados Unidos al debate internacional sobre cambio climático y el intento de la administración Obama de liderar un proceso para alcanzar un acuerdo global, si bien tardíos e insuficientes, fueron necesarios para dinamizar nuevamente las negociaciones multilaterales.

Hoy la estrategia de Obama comienza a ser desarmada por partes por Trump, empezando por su herramienta interna más fuerte, el Clean Power Plan. Y más allá de las posibilidades reales que la nueva administración de la Casa Blanca tenga para salirse del Acuerdo de París, es claro que  el andamiaje construido por Obama se desmorona. La inacción de Trump condena al Acuerdo tanto como su retiro. Por lo pronto, queda ver qué hará el mandatario con el acuerdo bilateral firmado con China. Y que hará China, por supuesto, con ello y con París.

Estamos volviendo a foja cero en el momento más crítico.

[1] Estados Unidos planteó reducir sus emisiones en un 26% -28% por debajo de su nivel de 2005 en 2025 en toda la economía y hacer mejores esfuerzos para reducir sus emisiones en un 28%. China tiene la intención de alcanzar el pico de las emisiones de CO2 en torno a 2030 y tiene la intención de aumentar la proporción de combustibles no fósiles en el consumo de energía primaria de alrededor del 20% para el año 2030. https://www.whitehouse.gov/the-press-office/2014/11/11/us-china-joint-announcement-climate-change

[2] Si bien ambos son miembros de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático –CMNUCC-, Estados Unidos no ratificó el Protocolo y China no fue incluida como parte del Anexo II de los países obligados (industrializados)).

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